Este año cumplo diez años como migrante en Alemania y, aunque este no es un post oficial sobre lo aprendido en estos años, sí me gustaría compartir con ustedes acerca de cómo he podido conocer a Dios en la práctica como mi único refugio.
Antes de empezar, les quisiera dar un poco de contexto: cuando vivía con mis papás y toda mi familia, los cambios en la iglesia, en la escuela o en la vida en general no me afectaban tanto como ahora. Vivía profundamente segura bajo la cobertura de mi hogar, porque sabía que tenía uno. Sabía que siempre podía contar con alguien de mi familia y que jamás sería una carga, porque somos familia.
Al migrar, eso cambió muchísimo. Aunque seguía teniendo el apoyo de mi familia, el no tenerlos cerca físicamente…especialmente en mis primeros años como extranjera, me afectó más de lo que imaginé.
Entonces comenzaron las preguntas: ¿Ahora con quién cuento? ¿A quién voy? ¿Cómo se aprende a crecer lejos de casa?
En ese entonces tenía casi veinte años y empezaba desde cero: universidad, burocracia, búsqueda de departamento, iglesia… Y aunque hoy me pregunto cómo fue que Dios permitió que me lanzara a una aventura tan grande siendo tan joven, honestamente no cambiaría el pasado. Porque fue en esos años donde aprendí una de las lecciones más profundas de mi vida, una verdad que quedó cimentada en mi corazón:
Solamente Dios es mi refugio.
De la teoría a la práctica
Curiosamente, antes de migrar, Dios permitió que formara parte de un hermoso grupo de jóvenes llamado “Refugio”. Allí tuve mi primera escuela para aprender más acerca de Cristo. Y justamente de ellos tuve que despedirme para experimentar en carne propia que solamente Dios es mi refugio.
Llegando a Alemania encontré una hermosa iglesia liderada por dos familias misioneras y una querida amiga. En aquél momento la iglesia aún no alcanzaba ni diez miembros, pero sabía en mi corazón que ese era el lugar donde Dios me había puesto y por el que muchos amigos y yo habíamos orado durante mucho tiempo.
Sin embargo, Dios también conocía el anhelo de mi corazón de seguir compartiendo con jóvenes de mi edad, así que tuve el privilegio de reunirme con varios cristianos en el campus de la universidad.
Aprendí muchísimo: conocí personas y culturas maravillosas, nuevas formas de vivir la fe y de hacer iglesia, descubrí dones y talentos que no sabía que tenía.
Pero justo cuando todo comenzaba a tomar forma estable en mi “nueva vida en Alemania”, llegaron nuevamente los cambios: mudanzas, cambios de prioridades y pasos de fe.
Las líneas quedan cortas para contar toda la historia, pero uno de los cambios que más me marcó fue tener que dejar el grupo de jóvenes de la universidad para enfocarme en mis estudios y en mi iglesia local. Y eso me golpeó profundamente, porque no eran solo las reuniones que extrañaría… sino más que nada a las personas.
Especialmente cuando uno migra (pienso), muchas veces las personas se convierten en hogar. Y eso es natural y normal, aunque también aprendí algo doloroso y real: las personas cambian, se mudan, toman otros caminos…
La verdad es que nadie estará para siempre, incluso aquellos que sentimos como nuestro “lugar seguro”, como nuestra propia familia.
Y fue entonces cuando tuve que aceptar que ninguna relación terrenal es eterna. Solamente Dios es nuestro único refugio, tal como lo dice el Salmo 62:
“Él solamente es mi roca y mi salvación;
es mi refugio, no resbalaré.
En Dios está mi salvación y mi gloria;
en Dios está mi roca fuerte y mi refugio.”
— Salmo 62:6-7
Aprendí y sigo aprendiendo que…
Dios nos ama tanto que sabe que terminaríamos con el corazón destrozado una y otra vez si ponemos nuestra confianza absoluta en las personas, incluso en aquellas que amamos profundamente.
Dios nos ama tanto que desea que le conozcamos personalmente como nuestra roca: Aquel que nos sostiene y nos da estabilidad aun cuando todo alrededor parece moverse.
Dios nos ama tanto que quiere recordarnos que solo Él salva. No son las personas, ni el trabajo, ni la iglesia, ni los ahorros, ni los seguros, ni nuestras «buenas obras». Solo Dios. Él fue quien nos salvó de nuestros delitos y pecados de una vez y para siempre, y es también quien guarda nuestra alma.
Y Dios nos ama tanto que quiere ser nuestro refugio: ese lugar seguro donde podemos correr con nuestros miedos, cansancios y pensamientos más profundos sin temor a ser rechazadas. Porque Él es nuestro Padre. Nuestro Señor. Nuestro refugio.
La obra continúa
Con el tiempo, Dios también me regaló un maravilloso esposo que le teme y le ama. Y aunque nuestro matrimonio es hermoso, sigo aprendiendo que ni mi esposo, ni ninguna persona, ni absolutamente nada puede ocupar el lugar que solo le pertenece a Dios.
Sigo aprendiendo…
Especialmente estas últimas semanas, que nos tocó como matrimonio e iglesia despedir a la última familia misionera que me recibió cuando llegué… tuve que recordarle una y otra vez a mi corazón:
“Esperad en Él en todo tiempo, oh pueblos;
derramad delante de Él vuestro corazón;
Dios es nuestro refugio.”
— Salmo 62:8
Las pruebas llegan, los cambios también, todo ello es parte de la vida, pero Dios sigue siendo nuestro gran refugio y también Aquel que nos anima a perseverar en Él y para Él.
Él es quién nos llama y exhorta a confiar en Él, a derramar nuestro corazón delante suyo… y también a ser Sus testigos aquí, allá y hasta los confines de la tierra.
Así que si estás en una temporada similar a la mía, te animo a seguir corriendo al único lugar seguro: a Cristo. Solamente Él es refugio.
