Su gracia es mayor

Todo a nuestro alrededor está diseñado para robar nuestra atención. Constantemente recibimos estímulos desde pantallas, redes sociales, noticias y voces que compiten por nuestro corazón. En lo personal, debo ser muy diligente, aunque muchas veces fallo, en apagar todas esas voces para enfocarme en buscar al Señor.

Estos días estuve pidiéndole a Dios que me ayudara a contemplarlo y asombrarme de Él otra vez. La verdad que muchas veces doy por sentado el evangelio. Pienso: “Ya soy cristiana”, pero olvido disfrutar a Cristo, estar quieta y agradecer por su gracia inmerecida.

Hoy, mientras leía Hechos 17, terminé llorando de gratitud porque el mismo Dios que hizo «lo imposible» en los comienzos de la expansión de la Iglesia es el mismo Dios que hizo lo imposible conmigo: convencerme de la idolatría de mi corazón (pecado) y traerme a Cristo.

En este capítulo se relata el viaje misionero de Pablo, Silas y Timoteo a Tesalónica, Berea y Atenas. Tesalónica era una ciudad alborotada; Berea recibió mejor el evangelio; y Atenas estaba inundada de idolatría.

Quiero centrarme en Atenas, donde se menciona lo siguiente:

“Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía dentro de él al contemplar la ciudad entregada a la idolatría.”
— Hechos 17:16 (NBLA)

En esta ciudad había judíos, gentiles piadosos y filósofos que veneraban la razón y el placer humano. Aun así, escucharon a Pablo. Y él habló en el Areópago, el lugar donde se realizaban las discusiones más importantes de la ciudad.

Pensemos en esto por un momento: Atenas era un pueblo idolatra. Era evidente que tenían muchos dioses. Sin embargo, Dios envió a Pablo para ser luz en medio de la oscuridad.

Eso de por sí, cautiva mi corazón, porque muchas veces olvido que también nosotras hemos sido llamadas a ser luz y sal en esta tierra. A veces miramos ciudades, por lo menos aquí en Europa, y pensamos que están demasiado contaminadas o perdidas. O quizá vemos violencia y corrupción en Latinoamérica. Pero Dios no mira el mundo como nosotras miramos.

Él ve ovejas dispersas y sin pastor; nosotras somos llamadas a reflejar Su luz.

Volviendo a la historia, Pablo comenzó su discurso mencionando algo que ellos conocían bien, un altar que tenía inscrito:

“AL DIOS NO CONOCIDO”

Para los atenienses, Dios aún no había sido revelado completamente. Pero justamente Pablo fue el instrumento escogido para anunciarles a Cristo.

Él les mostró las siguientes verdades:

  • Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él.
  • Dios es Señor del cielo y de la tierra.
  • Dios no habita en templos hechos por hombres.
  • Dios no necesita ser servido por manos humanas.
  • Dios da vida, aliento y todas las cosas.
  • Dios hizo de un solo hombre todas las naciones.
  • Dios creó al hombre para que lo buscara y pudiera hallarlo.
  • En Dios vivimos, nos movemos y existimos.
  • Somos linaje suyo.
  • Todos necesitamos arrepentimiento.
  • El juicio de Dios se acerca.
  • Cristo es la resurección y la vida.

Los atenienses habían puesto su confianza en el oro, la plata, las esculturas, el arte y las filosofías humanas. Pero Dios decidió revelarse a ellos en medio de su idolatría.

¿No es sorprendente?

Quizá tú y yo no adoramos estatuas como ellos, pero seguimos levantando ídolos en nuestro corazón. Muchas veces amamos más las cosas, las personas, nuestros sueños o recuerdos que a Dios mismo. Fallamos constantemente al amar al Señor con todo nuestro corazón. Yo lucho constantemente por meditar en Sus bondades y permanecer enfocada en Él.

Pero Su gracia es mayor.

“Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan, porque Él ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarlo de entre los muertos.”
— Hechos 17:30-31 (NBLA)

  • Dios llama al arrepentimiento.
  • Dios juzgará el mundo por medio de Cristo.
  • Cristo murió y resucitó.

Ese fue el mensaje que Pablo predicó en Atenas, y sigue siendo el mismo mensaje para nosotras hoy.

Entonces, ¿cuál será nuestra respuesta?

¿Nos burlaremos?
¿Seguiremos pidiendo más pruebas?
¿O creeremos y correremos a Cristo?

Dios salvó en ese viaje a Dionisio el areopagita, a una mujer llamada Dámaris y a otros más.

Y, si has creido en el mensaje del evangelio, Dios se ha dado a conocer a ti.

En medio de tu idolatría, Él quitó el velo de tus ojos para mostrarte la gravedad del pecado y la belleza de Cristo.

Él extendió gracia.
Cubrió tu pecado.
Te dio nueva vida.

Gracias al Señor porque no nos trata como merecemos, Su gracia es mayor.

No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades,

Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.

 Porque como la altura de los cielos sobre la tierra,

Engrandeció su misericordia sobre los que le temen.

Salmo 103: 10-11

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