Hola, queridas mujeres:
Hace tiempo no publicaba nada por aquí por varias razones: se me malogró mi laptop, escribir desde casa se me hizo muy complicado, luego viajé a Perú y, para qué les voy a mentir, hay mucho pasando en mi mente y en mi corazón.
Sin embargo, Dios es un Dios vivo y bueno. A pesar de mí, no hay día que Su Palabra no sea un consuelo para esta temporada de mi vida. Esta semana me gustaría compartir con ustedes este hermoso versículo que, hasta donde sé, se repite tres veces en los Salmos:
“¿Por qué te abates, oh alma mía,
y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios, porque aún he de alabarle,
salvación mía y Dios mío.”
Salmo 42:5, 11; 43:5.
Meditando en estos versículos me percaté de tres verdades que quiero compartir con ustedes:
a) El alma se abate y se turba.
b) Podemos hablarle a nuestra alma.
c) Dios es nuestra salvación y nuestro Dios.
a) El alma se abate y se turba
Tenemos un corazón que tiende al temor y al desespero. Hay situaciones en la vida, o circunstancias tanto ordinarias como extraordinarias, que hacen que muchas veces perdamos los estribos. Es natural inclinarse al temor, pero el siguiente punto me consuela y me confronta.
b) Podemos hablarle a nuestra alma
Podemos dominar a nuestra alma hablándole. Quizás sintamos repetidas veces que no, pero la realidad es que, si creemos en la obra de Cristo —quien se entregó a sí mismo por nosotras, murió y resucitó— debemos recordar que también hizo posible que ahora seamos Suyas, sellándonos con el Espíritu Santo. Aquel que es una persona de la Trinidad mora en nosotras y es quien nos da la capacidad de dejar de vivir en temor, para vivir en poder, amor y dominio propio.
Cada día debemos recordarnos actuar en el Espíritu de Dios, que es contrario a la carne y nos lleva a la vida y a la paz.
Cuando pienses que no puedes controlar lo que piensas, recuerda que en tus fuerzas es imposible, pero mayor es el que vive en ti que el que está en el mundo.
Si bien el corazón puede alborotarse y tu alma agitarse, Dios, quien mora en ti, te fortalecerá y te sustentará. Él es un Dios que salva y rescata. Él es el Dios de vida.
c) Dios es nuestra salvación y nuestro Dios
En medio de la montaña rusa de emociones, lo que tendemos a hacer es mirar hacia fuera o hacia dentro, pero muchas veces olvidamos mirar “hacia arriba”. Somos llamadas a poner nuestros ojos en Jesús, pero qué difícil es a veces, especialmente cuando ni siquiera podemos expresar en palabras lo que sentimos debido a la intensidad.
Hay dos citas en particular que intento decirme a mí misma para volver mi mirada a Jesús:
- “Si miras al mundo, te llenarás de angustia. Si miras dentro de ti mismo, te deprimirás. Pero si miras a Dios, encontrarás descanso.” – Corrie ten Boom
- «Por cada mirada a ti mismo, mira diez veces a Cristo.» – Robert Murray McCheyne
Mirar a Cristo es mirar a alguien bello y perfecto.
Mirar al mundo es ver desastres y dolor por todos lados, y mirar hacia dentro —aunque no tengo nada en contra del autoconocimiento— muchas veces solo me muestra un corazón que busca ganar para sí y satisfacer su propia vida, que buscar la gloria del Padre.
La buena noticia es que en Dios hay salvación. En Él hay redención para nuestra alma sedienta e inquieta. Cristo llevó a cabo la obra y, por gracia hemos recibido Su Espíritu, quién nos capacita hoy para seguir sus pisadas y hacer la voluntad del Padre.
Para recordar:
- Sí puedes educar y controlar lo que piensas.
- Sí tienes dominio propio.
- Sí podrás con «la copa»1 que te toque vivir, bajo el poder del Espíritu Santo que vive en ti.
- Dios es tu salvación.
- Dios es tu Dios, quien te ama y te conoce bien.
Un abrazo 🙂
