Pozos agrietados III

Jesús no solo nos ayuda a identificar nuestros pozos, sino que nos guía a la fuente de adoración verdadera. En su encuentro con la mujer samaritana, ella intenta desviar la conversación hablando de religión:

“Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.” (Juan 4:19–20)

Esto dio pie para que Jesús hablara acerca de la adoración verdadera. La adoración revela aquello que amamos y contemplamos; todos los seres humanos somos adoradores por naturaleza. La diferencia no está en si adoramos o no, sino en a quién adoramos y por qué.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo debemos adorar según la Biblia?
Jesús responde con claridad:

“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Juan 4:23–24)

Con estas palabras, Jesús le enseña que la adoración ya no depende de un lugar físico ni de rituales externos, sino que es una comunión viva con Dios, en todo tiempo y lugar. La verdadera adoración nace de un corazón rendido, que —por medio de la fe en Él— se acerca al Padre con gratitud y dependencia.

Jesús deseaba que esta mujer conociera la verdadera adoración, sobre todo que le conociera: no una religión vacía, sino una relación viva con Él. Quería que su corazón, antes sediento y dividido, se convirtiera en un lugar donde fluya adoración en espíritu y en verdad. Y fue justo entonces, en medio de esa conversación transformadora, cuando Jesús se reveló a ella como el Mesías:

“Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.” (Juan 4:26)


Mis pozos agrietados

En mi caso, también descubrí mis pozos agrietados (idolatría) —y aún sigo identificando algunos—. Pero uno de los más profundos fue darme cuenta de que vivía agotada porque había centrado mi fe en mí misma. Intentaba cambiar por mis fuerzas, sin reconocer que la misma gracia que me salvó es la que me sostiene.

Me esforzaba por agradar a todos en la iglesia, no por amor a Cristo, sino por amor a mí misma. Pensaba que si era lo suficientemente buena, sería más digna, más admirada y amada… cuando en realidad, ya lo soy en Él. Somos tan amadas y deseadas por Él que no hay algo que hagamos o no hagamos que cambie su amor por nosotras.

No me malinterpretes:
Sí, debemos esforzarnos, ser valientes, disciplinadas y diligentes.
Sí, debemos servir con los dones que Dios nos ha dado.
Pero no desde nuestra autosuficiencia, sino desde la gracia.

“Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.” (Efesios 6:10)

Cuando Jesús es el centro, la carga se vuelve ligera. En Él encontramos descanso… y no solo descanso, sino plenitud, una plenitud que nos capacita para vivir en santidad —no al revés—.

Esa satisfacción profunda del alma que el mundo tanto anhela, ya la tenemos en Cristo. Y ella es abundante, porque Él mismo es Dios. Incluso gracias a Él de nuestro interior fluyen ríos de agua viva que nos permiten saciar a otros a través de Su amor (Juan 7:38).


La mujer samaritana lo entendió y por ello esta historia concluye de esta manera:

“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho.
¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:28–29)

¡Sí lo es! Jesús es el Cristo: bueno, amoroso, lleno de gracia y verdad.

Mi deseo es que tú también puedas identificar tus pozos, pero que no te quedes allí.
Vuelve a la fuente de agua viva: Jesús. Solo Él satisface. Ven a Él y bebe.

Para reflexionar

  • ¿Conoces a Jesús personalmente o solo has oído de Él?
  • ¿Vives la vida cristiana desde el agotamiento o desde el gozo?
  • ¿En qué pozos agrietados buscas satisfacer tus necesidades?
  • ¿Están tus ojos puestos en tus obras o en la obra de Cristo en la cruz?
  • ¿Estás sedienta? Ven a Cristo. Conócelo en Su Palabra.

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