La vida cristiana muchas veces se siente como caminar sobre el agua: imposible de vivir y de sostener. Existen momentos de tranquilidad como también momentos de incertidumbre y de mucho dolor y aflicción.
Desde mi última publicación, “Batallas ganadas”, me he sentido no solo como caminando sobre el agua como Pedro, sino también hundiéndome como él.
Pero Dios es bueno y fiel. Esta semana, aun sin muchas ganas de permanecer en Él, Dios me enseñó, me consoló y me confrontó de una manera increíble a través de los capítulos de Mateo 14 al 19.
Lo que más me resaltó y llamó mi atención fue ver el corazón de Cristo detrás de las pruebas que permitía que sus discípulos atravesaran. Si bien Él es, manso y humilde de corazón y se compadece de nosotras y nos extiende misericordia. También es cierto que es su voluntad que crezcamos en dependencia y confianza total en Él.
Hay tres historias —dentro de estos capitulos de Mateo — que te darán aliento, aun cuando a primera vista puedan sentirse confrontadoras. ¿Por qué? Porque Jesús, como Maestro, exhorta a sus discípulos por su falta de fe:
- A Pedro, cuando desvió la mirada de Jesús y comenzó a hundirse en el agua (Mt. 14:22–33)
- A los discípulos, cuando se olvidaron de llevar pan en su viaje (Mt. 16:5–12)
- Y cuando no pudieron sanar a un joven por su falta de fe (Mt. 17:14–21)
Pero ¿por qué lo hace? Sin ser muy repetitiva, es porque Dios en su amor permite que vivamos momentos en los que solo le miremos a Él.
Confieso que al leer específicamente este versículo quise cerrar mi Biblia y salir corriendo:
17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá. — Mateo 17:17 (RVR1960)
Me sentí muy aludida. Pero por la gracia de Dios, y al ver el contexto completo de esas palabras tan fuertes de Jesús, entendí algo más profundo.
Jesús no comenzó su relación con sus discípulos con esa exhortación. Primero los llamó, caminó con ellos, pasó tiempo con ellos, hizo milagros delante de ellos. Pero a medida que se acercaba la crucifixión y todo lo que vendría, comenzó a formar con mayor profundidad su carácter y su fe, dejándolos ejercer el ministerio con mayor responsabilidad.
Y eso fue un PROCESO.
Y pienso que así es con nosotras también. A medida que conocemos a Cristo, Él va moldeando nuestra fe y nuestro carácter. No de un día a otro, sino paso a paso. A Su tiempo, a Su ritmo.
Me llamó muchísimo la atención que antes de esa fuerte exhortación, los discípulos ya habían vivido tanto con Jesús:
- La alimentación de los cinco mil y de los cuatro mil
- Sanidades de todo tipo
- La transfiguración (Pedro, Juan y Jacobo)
- Liberaciones
Contaban con la mejor escuela de discipulado posible con el mejor Maestro. Pero, ¿por qué aún así su fe tambaleaba?
Mi única explicación —además de la realidad de nuestro corazón pecaminoso— es que su fe aún estaba en proceso de transformación. Estaban creciendo, pero eso no era excusa para permanecer en el temor.
Y esto me enseña algo muy importante:
los milagros, aunque maravillosos y necesarios, no transforman el corazón por sí solos.
Son los procesos con Dios los que realmente lo hacen.
Procesos
Se habla mucho acerca de procesos. No nos gusta estar en ello. Pero más allá de querer salir o huir de llos…¿qué podemos hacer cuando nos encontramos en medio de uno?
No creo que haya una receta mágica, porque cada persona es un mundo y cada situación es diferente. Pero sí creo que lo único que realmente puede sostenernos no es algo, sino Alguien: Cristo mismo.
Él no confronta para dejarnos solas, sino también se acerca a nosotras mientras caminamos sobre el mar y así como Mateo 14 se acerca a sus discípulos, quienes estaban llenos de miedo, Él también nos dice:
«Tengan ánimo, soy Yo; no teman». (Mt. 14:27)
Sus Palabras están llenas de gracia.
Sí, en momentos de incertidumbre puede ser difícil mantener el ánimo.
Sí, a veces miramos a los lados y comenzamos a hundirnos.
Pero también cada día es una nueva oportunidad para confiar otra vez.
Sinceridad ante todo
Si te cuesta —como a mí— confiar en sus promesas por encima de tus emociones o circunstancias, puedes hacer esta oración sencilla:
“Creo; ayuda mi incredulidad.” (Mc. 9:24)
No se trata de negar lo que sientes,
pero tampoco de quedarte atrapada ahí.
Se trata de seguir caminando, aun con miedo, pero aferrada a la cruz y con un corazón humilde como el de un niño.
Él escucha.
Él no rechaza.
Él ayuda.
Sigue perseverando y permaneciendo en Él, y recuerda:
“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Ro. 10:17)
Sé consolada y animada por Él. Sigue mirándolo a Él. Escuchándolo a Él. Un día a la vez.
Un abrazo muy fuerte. No estás sola. <3
