Por mucho tiempo caí en la mentira de que yo no tenía dominio propio. Tal vez nunca lo dije en voz alta, pero mis pensamientos —y, como consecuencia, mis acciones— en distintas áreas de mi vida reflejaban claramente esa creencia.
La verdad es esta: en mí misma no reside el dominio propio. Y ahí está precisamente la buena noticia. En la segunda carta a Timoteo leemos:
“Porque Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7, NBLA).
Presta atención a esto: se nos ha dado. No dice que tengamos que producirlo, fabricarlo o esforzarnos hasta agotarnos para conseguirlo. Dios nos ha concedido Su Espíritu Santo. Él vive en nosotras gracias al sacrificio de Jesús.
Durante años memoricé este versículo, pero existía en mí una profunda dicotomía entre lo que sabía de memoria y la Palabra viva, arraigada y activa en mi mente y en mi corazón. ¿Te ha pasado?
Romanos: aprendiendo a vivir en el Espíritu
El libro de Romanos ha sido, para mí, un gran aliado para entender la vida en el Espíritu. Es una carta densa y no siempre fácil de digerir, precisamente por la riqueza de su contenido. Cada versículo confronta, consuela y como toda la Palabra de Dios transforma.
Sin ser teóloga ni erudita, mi “súper mega archi resumen” es este: Pablo expone la enseñanza de la salvación y mantiene en tensión dos verdades inseparables: la justa ira de Dios y Su inmensa bondad hacia quienes han puesto su fe en Jesús.
En el capítulo 6 —base de este post— Pablo continúa explicando la justificación que hemos recibido por medio de Cristo.
Dicho de manera sencilla: El pecado infectó nuestra vida, nuestro mundo y, sobre todo, nuestra relación con Dios. ¿Por qué? Porque Él, siendo santo y justo, no podía tener comunión con nosotras estando en pecado.
Pero Jesús —Dios hecho hombre, perfecto y sin mancha— tomó el castigo que tú y yo merecíamos y satisfizo la justicia de Dios.
Por eso hoy, al creer esta verdad, podemos relacionarnos con un Dios santo y llamarlo Padre. ¡Hemos sido justificadas! Somos justas, como si nunca hubiésemos pecado.
¿Justificada?
¿Cómo si nunca nunca hubiésemos pecado? ¿Qué hago con el pecado?
Romanos 6, específicamente, habla al respecto y es muy detallado. Asi que les animo a leerlo por ustedes mismas 🙂
Las preguntas son válidas porque sí, seguimos pecando. Seguimos pensando mal, hablando mal, guardando resentimientos, comparándonos. La batalla continúa, aún siendo cristianas. Y muchas veces parece tan grande y tan abrumadora que, al vernos fallar una y otra vez, sentimos que no tiene fin.
Pero aquí está la verdad que libera: si hemos sido justificadas y salvadas, si Cristo vive en nosotras, el pecado ya no nos domina.
Pablo lo afirma con claridad:
“Porque el pecado no se enseñoreará de ustedes, pues no están bajo la ley sino bajo la gracia.”
(Romanos 6:14, NBLA)
Amada amiga, tu vida y la mía ya no nos pertenecen. Ya no vivimos bajo el pacto de la ley, sino bajo la gracia. Su gracia: un regalo inmerecido.
Este versículo necesita ser leído, releído y orado. Porque cuando no somos conscientes de Su gracia, solemos caer en dos extremos peligrosos:
1. Autojustificarnos
Actuar como si fuéramos perfectas, minimizar o negar nuestro pecado.
Pero la Palabra dice:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.”
(1 Juan 1:8, NBLA)
2. Autocondenarnos
Creer que no hay esperanza, vivir esclavizadas a patrones que nos dañan.
Olvidamos que, aunque pecamos, el pecado ya no gobierna nuestra vida ni define nuestra identidad.
Ambos extremos son comunes. Pero Dios, en Su misericordia, nos recuerda en Su Palabra la obra perfecta de Jesús y quiénes somos ahora en Él.
Nueva vida en Cristo
Por Su gracia hemos recibido una nueva vida. La biblia dice:
“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado. Porque el que ha muerto ha sido libertado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él.”
(Romanos 6:6–8, NBLA)
¿No es hermoso recordar esto?
- Tu vieja manera de vivir —esclava del pecado— murió cuando entregaste tu vida a Jesús.
- Eres una nueva criatura.
- Tu identidad ya no está definida por tus fracasos, patrones o emociones cambiantes.
- Tu vida está unida a la vida del Cristo resucitado.
En lo cotidiano
Tal vez todo esto suena precioso en teoría. Pero ¿cómo se vive en la práctica la vida en el Espíritu? ¿Cómo ejercito el dominio propio?
La respuesta es simple: en nuestra comunión con Él.
Te comparto un ejemplo sencillo que Dios me permitió vivir justo cuando estaba meditando en estas verdades:
Estaba cocinando y escuchando una prédica cuando, de repente, mi mente empezó a correr. En menos de cinco minutos ya estaba ansiosa, imaginando escenarios futuros que ni siquiera eran reales. Me sentí abrumada hasta con ganas de dejarlo todo e irme a llorar. ¿Te ha pasado? Vas bien… y de pronto tu corazón se llena de pensamientos que no son ni verdaderos, ni dignos, ni justos…
En ese momento llegó mi esposo del trabajo, y sentí la tentación de correr hacia él para que “me arreglara” emocionalmente. Y no está mal abrirnos con quienes amamos. Pero recordé que la noche anterior él me había contado lo agotado que estaba y no quería darle la bienvenida de esa manera.
Con la ayuda del Espíritu Santo decidí esperar. No porque no necesitara hablar, sino porque reconocí que mis emociones estaban siendo alimentadas por pensamientos que no eran ciertos.
Fui al baño, lloré, oré y entregué todo a Dios. Y fue como si el peso se desvaneciera. En ese momento, Dios me recordó algo que yo misma le había pedido esa mañana:
“Señor, muéstrame cómo depender del Espíritu Santo. Enséñame por favor, aquí en lo ordinario”
Y ahí estaba la respuesta.
En tiempo real.
En algo completamente cotidiano.
En la tentación de buscar consuelo en otra fuente antes que en Él.
Y Él, tan fiel, me enseñó que sí puedo —en Él— enfrentar mis batallas.
Querida amiga
Tú no eres tu pecado.
Necesitamos reconocerlo, sí. Arrepentirnos, también.
Pero por el poder del Espíritu Santo podemos vivir victorias reales.
Habrá caídas, claro que sí. Pero, como un músculo, la dependencia se ejercita. Día a día debemos aprender a decirle: “Señor, fortaléceme con el poder de Tu fuerza.”
En otro espacio hablaré más sobre mi lucha con las emociones. Por ahora, quiero dejarte con esta verdad:
- Las emociones no nos gobiernan.
- Las circunstancias no determinan nuestra identidad.
- Tenemos dominio propio porque nuestro viejo yo fue crucificado.
- Hoy vivimos la vida de Cristo.
- Estamos bajo la gracia.
Y como dice Su Palabra:
“Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.”
(Romanos 8:37, NBLA)
La batalla, en Cristo, ya está ganada.
