Pozos agrietados I

Por mucho tiempo pensé que era una buena cristiana solo por estar activa en la iglesia. En mi afán por alcanzar la santidad y vivir en piedad, olvidé algo fundamental: quien me capacita para perseguir una vida que honra a Dios no soy yo, es Cristo.

Yo amaba genuinamente a Jesús; mi deseo era honrarlo con todo mi corazón… pero cada vez que lo intentaba por mis propias fuerzas, algo dentro de mí se apagaba. Viví así durante años, hasta que llegué al punto de agotamiento físico y emocional. Ese cansancio me obligó a frenar, a detenerme por completo.

No me daba cuenta de que estaba intentando vivir la vida cristiana sin Cristo. Pero es más común de lo que imaginamos. En las iglesias anhelamos las bendiciones, los milagros, la prosperidad, los avivamientos… pero a veces olvidamos desear a Cristo mismo.Pensamos que el evangelio es solo el punto de partida, no el centro. Y olvidamos que no solo se nos ha concedido el privilegio de creer en Él, sino también de sufrir con Él.

Quienes crecimos en la iglesia solemos creer que conocer a Jesús es saber historias bíblicas o acumular años de servicio. Tristemente, también caemos en la mentira de que el tiempo en la iglesia equivale a madurez espiritual. Yo creí eso… y terminé cansada.

Cambios

A lo largo de mi caminar he conocido muchos tipos de creyentes. Lamentablemente, muchas mujeres se sienten como yo me sentí: cansadas, frustradas, agotadas, desanimadas, amargadas. Pero Dios, en su gracia, también me permitió conocer mujeres diferentes. Mujeres que, a pesar de sus luchas, reflejaban una paz y una plenitud que me cautivaron.

Tratando de descubrir su “receta secreta” o el “tip perfecto” para vivir de esa manera, llegué a una conclusión sencilla pero transformadora: ellas no buscaban fórmulas para ser felices ni libros de autoayuda cristiana. Leían y meditaban en libros y pasajes que las llevaban a contemplar a Cristo.

Aquí un disclaimer: no está mal disfrutar de lecturas ligeras o herramientas prácticas. Pero entendí que la diferencia estaba en su enfoque. No buscaban mejorar su vida… buscaban mirar más a Jesús. Y porque la fuente de su sed era Cristo, sus almas estaban satisfechas, tranquilas y renovadas.

El secreto no eran ellas. El secreto era y es Jesús en ellas. Y eso cambió por completo mi perspectiva.

Encontrando agua viva

Empecé a orar y a pedirle a Dios que quería lo que esas mujeres tenían: paz, satisfacción, alegría verdadera. Sin saberlo, lo que mi alma realmente pedía era agua viva: a Cristo mismo.

En medio de esa búsqueda, Dios me llevó al encuentro en Juan 4: Jesús y la mujer samaritana. Allí encontré el reflejo de mi propia historia: una mujer sedienta, cansada y avergonzada… que fue vista, conocida y amada por Jesús.

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